9 de Julio.
El reloj marcaba las
9:55 cuando me dispuse a bajar las escaleras de mi piso. Las mismas escaleras
que bajaba cada tarde antes de verla, pero sabía que cada tramo que bajaba de
escaleras era diferente, cada tramo era uno menos, ya no volvía a bajarla con
las ganas que las bajaba todas las tardes para volver a verla sonreír, sí,
tenía ganas de verla, pero con la conciencia de que no habría muchas sonrisas
durante esa hora, sabía que en esa mañana tenía que haber un punto en que su
mano se soltaba de la mía y ya no volvía a ajuntarse como cada tarde. En cuanto
crucé la esquina la vi, tan preciosa como cada tarde, pero no tan feliz como
cada vez que la veía, estaba nerviosa, estaba triste. En cuanto le vi, le di un
abrazo, un abrazo que significaba que yo estaba ahí, que seguía ahí por muy
lejos que se fuera, siempre estaría a su lado, tal y como indicó el beso. Le di
la carta de despedida, y cada punto, era una lágrima más que caía al suelo, y
por eso estaba yo ahí para evitar eso, para que un abrazo, un “todo saldrá bien”,
un beso, una caricia haga que esas lagrimas dejen de caer y esa sonrisa vuelva
a aparecer como los días anteriores. Decidimos ir al lado de la estación, el
último de los lugares donde la podría volver a besar y abrazar durante ese verano,
durante ese año. Ahí, intente que aparecía más de una sonrisa, ella y yo, nos
olvidemos por un momento de que la distancia volverían a ser kilómetros, pero
que tendría la misma importancia que tubo el 1 de Julio, nada de nada, eso solo
era un numero, como cualquier otro, pero si que era más que una esquina, una
esquina que siempre estará ahí para separarnos. Poco a poco iba llegando la
hora, esa hora que nunca queríamos pensar ni imaginar, pero que ya estaba
llegando, la distancia poco a poco se volvía acercar, pero semana santa cada
vez se acercaba más, un minuto de este mundo es un minuto menos para semana
santa. Ahí en los últimos minutos, las sonrisas ya se fueron, se fueron y no
sabíamos cuando iban a regresar, sólo miradas aparecían, sólo había nervios,
sólo estábamos tú y yo, aún estábamos tú y yo. Llegamos a la esquina, la
esquina que durante una semana nos separaba que durante una semana cambió los
580km, por una simple esquina. Ahí…le tuve que soltar de la mano…ahí le di un
beso, pero no el último, le di ese beso con el mensaje de que siempre iba estar
a su lado, que siempre íbamos a estar juntos y que esperaríamos a semana santa.
Un te quiero para el recuerdo, pero su mano me costó mucho soltarla, mucho. El
mundo se vino abajo en cuanto la vi alejándose, y vi que esos ojos iban a
desaparecer de esa esquina durante casi un año. Pero ella volvió a esa calle,
donde me veía cada mañana asomado sólo para verla a ella, era nuestra última
mirada durante ese año, acerco su mano sobre sus labios y me lanzó un beso, ese
fue su último gesto hacía mi, esa fue su última mirada, esa fue la última vez
que miraba esa ventana y esa esquina durante ese año.
Pero nunca se ha
ido para no volver. Ella va a volver, de aquí unas cuantas semanas, volverá tan
preciosa, tan especial y más perfecta de cómo la vi por primera vez. Sus besos volverán
a derrumbar a la distancia, sus abrazos volverán a llevarme a su mundo y ella
volverá a marcar el infinito entre nosotros dos. Jurado y escrito, en semana santa, volveré a
notar su labios, su perfume y sus manos. Sólo toca esperar, para que esa semana
sea la semana más perfecta que ha tenido, lo juro.
Feliz 3 mi niña,
feliz 5 meses a tu lado y todos los que quedan por delante, pequeña.
Te amo muchísimo
mi niña, muchísimo, muchísimo. Eterno enana, muy eterno.
Sólo tú y yo, siempre.