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lunes, 20 de agosto de 2012

1 de Julio.


Domingo, 1 de Julio. Día lluvioso y gris, negro y frío, bonito y perfecto. Sin duda el mejor día, el mejor de todos. Eran las 16 y ese cielo gris, explotó, empezaron a caer las primeras gotas, las primeras de muchas. Bajo la temperatura, el suelo no era el mejor para caminar y la gente se quedó en casa. Yo no iba a ser de esas personas que si llueve se quedan en casa viendo como los cristales se mojan, yo iba a ser el optimista que sabía que a las 17:40 no iba a llover, que volvería a salir el sol, que sería una buena tarde. El sol no quiso salir, pero las nubes quisieron parar. Al final tuve que pensar un buen lugar para no volvernos a mojar. Un centro comercial, ese centro comercial donde iban a pasar muchas cosas. Eran las 17:30 y yo ya me disponía a ir a ese portal, lo que tenía en mi estomago no eran mariposas, era un zoológico, no estaba nervioso, estaba alterado, llegaba un punto que la mano me temblaba sola, sin duda estaba preparado para verla por primera vez. Demasiado eterno se me hicieron los minutos apoyado en la pared, imaginándome todas las historias que una vez soñábamos y que se estaban a punto de cumplir. Y llegaron las 17:40 en punto, el mundo se me estaba cayendo poco a poco, pero esa puerta se abrió y de ahí salio una princesa, con su coleta y su chaqueta, con sus pantalones y con sus zapatos, no era una princesa con vestido, era mi princesa única. Solo al verla me pasaron por la cabeza todos los recuerdos, sentimientos y sueños que tengo hacia ella, y que hacía unos 2 meses que me imaginaba. Quería darle un abrazo, un beso, quería darle todo en ese momento, pero solo salieron 2 besos, nuestros primeros 2 besos. Ella sabía que iba a llover así que subió a por el paraguas, volví a verla como bajaba otra vez por ese portal, como bajaba con esa sonrísa tímida, de princesa. No pude cogerla de la mano, las manos no me respondían, estaban nerviosas, inquietas lo que querían era cogerla la de cara y besarla, no parar de besarla, pero no pude. Se acordaba de que le tenía que dar un regalo, estaba esperando que se lo diese, era su querido pato, el que estuvo en mi cama y ahora esta en la suya ese. Estaba nervioso, no me salían las palabras solo le pude decir "Para ti" y ella, mi pequeña, con otra sonrisa tímida en la cara me dijo "Gracias",  fueron mis primeras palabras hacia sus ojos, hacia sus labios, esos labios que me pedían que los besara, pero que no podía. Fue la primera chica que hizo que nada más verla, mis ojos brillaran junto a los suyos. Nada más verla quería cogerle de la mano, decirle que no me la soltara nunca e irme a la fin del mundo con ella, solos ella y yo. El cielo seguía gris, negro, con ganas de llover, así que fuimos a NUESTRO centro comercial. Según vinieron todos, nos fuimos a sentar en una repisa que había, ahí nos sentamos todos, cosa que yo me senté a su lado, en ese momento pensé en darle la chapita que le prometí que le daría, que e la pondría y así fue se la puse, mi mano temblaba, le cogí el pelo por atrás, se lo aparte por un lado, cogí la chapita y se la puse. A lo mejor se la esperaba que se la pusiese yo, a lo mejor no, pero sabía que le iba a gustar que se la pusiese. Me levanté y ella seguía sentada mirándome, sabiendo que por fin tenia adelante de sus ojos a su niño alto y enano a la vez. Estire el brazo y abrí la mano y le dije  "Cógeme de la mano y no me la sueltes nunca". Ella me la dio timidamente igual que yo se la ofrecí. No se la quise soltar en ningún momento, ni en ese momento ni nunca. Entramos a comer y ahí empiezan de verdad nuestros sueños. Al salir me apoyo a una barandilla, la cojo de la cadera y me la quedo mirando, me quedo mirando esos ojitos que tanto he deseado tener delante. Me abrazó, me apretó con fuerza, mando a tomar por el culo a los kilometros, los ganamos, juntos. Cada vez con más fuerza, cada vez con una sonrisa más grande en la cara, la amaba, la amaba mucho. A partir de ese momento la abrazaba todas las veces que podía, notaba su olor, notaba su cabello, lo notaba y así siempre se me quedó. Y así, subiendo en unas escaleras mecánicas le dí un beso en la mejilla, el primer contacto entre nosotros, entre mi labio y su cara, entre yo y ella, entre el destino y el infinito. En un banco, sentados, los dos , con su olor inundando mi nariz, la miré a los ojos. Caminamos durante un buen rato cogidos de la mano, por desgracia ya era hora de despedirse, nuestra primera despedida. Un beso en la mejilla y un abrazo, para un "hasta mañana enana". El día siguiente nos iba a esperar un día bastante especial. Siempre recordado.

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